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Camisea: Error ignorado, error repetido.

El gerente de operaciones de una empresa textilera en Lima me envió un mensaje de voz el martes pasado. Llevaba dos días sin gas en su planta. Sus trabajadores seguían llegando a las seis de la mañana por costumbre y lealtad. Él no sabía exactamente como explicarles lo que pasaba.

No porque le faltaran palabras, sino porque nadie, ningún funcionario, ningún comunicado, ningún vocero del Estado le había explicado con claridad qué estaba pasando, cuánto iba a durar y qué debía hacer. Ese silencio, más que el ducto dañado, fue lo que quebró su semana y los día precedentes.

Durante los primeros días de la crisis el gobierno no logró instalar una voz única y clara sobre lo que ocurría. El comité de crisis que debió activarse comunicacionalmente desde las primeras horas del incidente, recién comenzó a operar con visibilidad alrededor del quinto día. Para entonces el daño informativo ya estaba consumado.

El ciudadano no esperó una conferencia de prensa para entender que algo grave ocurría. Lo supo por las largas filas en los grifos, por el panadero que cerró temprano o por el taxista que cobraba un monto mayor por servicio y no sabía si podría trabajar al día siguiente.

Cuando la realidad llega antes que la información oficial, ello tiene un nombre claro: fracaso comunicacional del Estado. En toda crisis existe una regla básica: la primera narrativa que se instala en la opinión pública es la más difícil de desplazar. Cuando el Estado tarda en hablar, otros hablan por él.

En ese vacío, empresas como Pluspetrol, Cálidda, grifos y estaciones de servicio fueron demonizadas injustamente, cuando el origen real estaba en la infraestructura de transporte de gas de Transportadora de Gas del Perú (TGP) en el tramo de Megantoni. La confusión generó daño reputacional en varias de estas empresas, pero sobre todo incertidumbre.

Con los días, TGP, la PCM y el MINEM empezaron a comunicar con mayor precisión: porcentajes de avance en la reparación, estimaciones de plazos, actualizaciones sobre combustibles. Ese tipo de comunicación técnica —aunque tardía— tiene un efecto conocido: reduce la incertidumbre, ordena la cobertura mediática y devuelve algo fundamental al ciudadano: la sensación de que alguien está a cargo de un gran problema que lo afecta.

Pero la crisis también dejó al descubierto algo más profundo para la ciudadanía. El hecho de que Camisea no es solo un proyecto energético sino el eje estructural que sostiene generadoras eléctricas, industrias, transporte y la producción de GLP que millones de peruanos usan diariamente para cocinar. Cuando ese flujo se interrumpe, no cae un sector; colapsa todo un sistema.

A pesar de ello durante los primeros días de la crisis esa dimensión sistémica casi no fue explicada desde el Estado. Muchos ciudadanos no entendían por qué faltaba el gas, qué relación tenía el GNV con el GLP o cómo esta crisis podría afectar los recibos de electricidad.

La comunicación de crisis no es vocería improvisada. Es una arquitectura deliberada de mensajes, fuentes, canales y tiempos diseñada antes de que ocurra la emergencia. Se implementa y se va adecuando según el contexto y particularidades de la crisis en su fase activa.

Hoy el Perú no tiene un sistema institucionalizado de comunicación de crisis desde el Ejecutivo. Lo que existe, en la práctica, son improvisaciones ineficaces donde muchas veces priman decisiones políticas como el regreso a la virtualidad de las clases, que carecen de evidencias y sustento y que agravan la sensación ciudadana de incertidumbre y malestar.

En situaciones como esta, el país necesita un canal único de información que concentre los datos técnicos, los traduzca en términos comprensibles y los actualice de manera permanente. Con rostro humano. Con horarios predecibles. Con acceso para todos los medios, desde la televisión nacional hasta la radio más pequeña del interior.

La transparencia informativa no es generosidad gubernamental, es lo mínimo que un Estado le debe a sus ciudadanos.

Esta crisis nos dejó tres lecciones claras:

Nuestra economía cotidiana es más frágil de lo que creemos frente a interrupciones energéticas.

El Estado aún no tiene la capacidad comunicacional que exige una democracia moderna y un pais multidiverso y complejo como el Perú.

La diversificación de la matriz energética ya no es una discusión técnica del futuro, sino una decisión política del presente.

Doce días después del inicio de la emergencia, se afirma que el ducto ya está reparado y la normalidad empezará a regresar probablemente hacia el domingo, teniendo en cuenta que demora 24 horas en llegar el gas desde Camisea a Lima. Sin embargo, olvidar esta crisis sería un error. Y como dicen algunos :“Un error ignorado, se convierte siempre en un error repetido”.

Luis Eduardo Cisneros Méndez