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La confianza no se comunica, se diseña: El caso Majes-Pedregal.

La noche olía a polvo y megáfonos. Afuera, más de ciento cincuenta voces se mezclaban en consignas y cánticos; dentro, la sala estaba preparada para otra de esas presentaciones en las que la empresa habla y la comunidad escucha. Era una cita fija en la agenda de socialización del proyecto minero, pero esa noche —en Majes-Pedregal,Arequipa en 2018— la agenda había cambiado de dueño antes de empezar.

Dos horas antes, el Gerente de gestión social (de los mejores en el Perú) y yo nos miramos en una oficina estrecha y pusimos sobre la mesa lo que había que admitir en voz alta: cancelar era una opción plausible, y quizás prudente. Pero en la pizarra acrílica, con una hora para reescribir el escenario, decidimos arriesgar lo que otros planes de comunicación llaman “control”: desmontar el estrado, tirar el PowerPoint y convertir la autoridad en círculo.

Sacamos sillas, papelógrafos y una regla sencilla pero rotunda: si íbamos a dialogar, lo haríamos donde el diálogo pudiera respirarse. No se trataba de una coreografía simbólica; era una intervención directa en la geografía del poder. Cambiar el altillo por un círculo no solo alteró la visibilidad —aniquiló la distancia— y obligó a los asistentes a mirarse unos a otros, no a la pantalla.

La segunda decisión fue más radical: anular la exposición. En el centro del círculo colocamos papelógrafos que serían el medio de comunicación común. El disparador no fue una presentación, sino una pregunta corta que abría la posibilidad: “Estamos aquí para responder cualquier pregunta. ¿Quién quiere empezar?” La moderación dejó de ser un protocolo y se volvió un principio ético: ante gritos o interrupciones, la respuesta fue siempre la misma, medible y pública: “Señor(a), lo escuchamos, lo apuntamos y le responderemos”. Convertimos la furia en demanda registrada.

A las ocho, con la plaza humana ya instalada, cruzaron la puerta los que venían a gritar. Traían, además, la maquinaria de la protesta: transmisiones en vivo, megáfonos y la energía colectiva alimentada por el conflicto regional de Tía María. Lo que esperaba ser una noche de confrontación se volvió otra cosa: un laboratorio improvisado sobre cómo se construye legitimidad.

Hubo una tensión inicial —los 5 o 10 más beligerantes empujaban la línea—, pero el nuevo “setting” cambió la ecuación. El gesto de apuntar cada pregunta en público, de dibujar en vivo los mapas y esquemas que explicaban dimensiones técnicas, obligó a transformar la interrupción en contribución. Y lo más notable: fueron los propios asistentes quienes, con aplausos y reclamos de orden, empujaron a los disruptores fuera del círculo. No fue la seguridad quien los echó; fue la comunidad que reclamaba un espacio distinto donde poder hablar y ser escuchada.

Entonces pasó algo que no aparecía en ningún guion: risa. Bromas que rompían la tensión, preguntas que se volvían confidencias, manos que se acercaban al papelógrafo para completar un diagrama. La conversación se alargó tres horas porque nadie sintió la prisa de un guion corporativo. Lo que empezó como resistencia terminó por convertirse en co-construcción: dibujos, esquemas y acuerdos mínimos que —más allá de lo técnico— cambiaron la forma en que la narrativa del proyecto circuló en ese territorio.

Si hay una lección operativa para quienes tomadores de decisión —empresarios mineros, directores de comunicación, gestores sociales o comunitarios y relacionistas públicos— es que la legitimidad no se logra con charlas, PPTs o comunicados: se cosecha en encuentros donde la empresa se dispone a perder el control sobre el discurso. Las metodologías participativas no son aderezos discursivos; son herramientas que reconfiguran las relaciones: mapas colaborativos, papelógrafos públicos, comités mixtos y círculos deliberativos obligan a la técnica a someterse al rito del reconocimiento.

Y aquí está la clave profunda: sin confianza, cualquier narrativa será siempre frágil. La confianza no se decreta ni se fabrica en un comunicado de prensa o en un PPT; se construye en el tiempo con coherencia, transparencia y la disposición real a escuchar. Sin confianza, ninguna narrativa —por sólida que parezca— logra sostenerse; con ella, cualquier proyecto deja de ser percibido como una imposición externa y comienza a ser entendido como un proceso compartido.

Luis Eduardo Cisneros Méndez